Maid Marian
23-Nov-2007, 12:52 PM
Hace unas semanas estrenaron la serie Dexter en la Fox.
http://img409.imageshack.us/img409/1633/dexter2wt9dq4.jpg
Para quien no la conozca, trata sobre un forense de la policía de Miami que es también un eficaz asesino en serie. Ya en su niñez su padre adoptivo, policía, se dio cuenta de sus tendencias y consiguió reorientarlas hacia la eliminación de aquellas personas que han cometido delitos y se han librado de ser castigadas por la Ley. Digamos que Dexter corrige los fallos del sistema.
Es una serie con mucho humor negro, escalofriante a veces. La elección de Michael C. Hall (el hermano gay de A dos metros bajo tierra) resulta un acierto, igual que la voz en off que en todo momento nos informa de lo que está pensando Dexter, por muy normal que sea su apariencia.
El éxito de esta serie me ha hecho pensar en la enorme popularidad de la figura del asesino psicópata en el cine y la televisión. Habría que atribuirla en parte a las posibilidades que ofrece para la intriga y la acción, pero también en parte a la morbosidad de los espectadores.
Aunque no como en el caso Dexter, en el que el psicópata es también el héroe/protagonista, aparecen psychokillers en series policíacas como Bones, CSI o Médium. En ellas, su persecución se convierte en el motor de la trama de un episodio o incluso de una temporada.
Pero su presencia es mucho más significativa en el cine.
En la primera mitad del siglo XX la figura del psicópata estuvo apenas presente en las películas. Eran los monstruos como Drácula, Frankenstein o el hombre lobo los encargados de aterrorizar al público. Una (gran) excepción es la película de Fritz Lang M, el vampiro de Düsseldorf (1931), considerada el origen del cine de psychokillers.
En los años cincuenta nos encontramos con otras dos destacables películas de psicópatas: la primera es La noche del cazador (1955), única obra de Charles Laughton como director e indiscutible obra maestra de insana atmósfera de cuento infantil. Robert Mitchum consigue una actuación memorable que influyó en la creación del psicópata Max Cady de El cabo del miedo. La segunda es española, El cebo, de Ladislao Vadja (1958). Mientras que en la película americana son el asesino y los niños que escapan de él quienes llevan el peso de la acción, la española se centra en la figura del policía que le da caza.
Pero es en la segunda mitad del XX cuando este personaje se impone en las pantallas, gracias fundamentalmente a Alfred Hitchcock y Psicosis, película basada en los asesinatos reales de Ed Gein (en la película que lleva su nombre, de 2000, Chuck Parello se aproximó más específicamente a sus crímenes). Además de la perfección técnica de este gran filme, que tiene escenas imborrables, destaca la personalidad de Norman Bates, un psicópata con motivación sexual, figura que también aparece, aunque con matices muy diferentes, en la última obra de Hitchcock, Frenesí (1972).
A partir de aquí se multiplican las películas y los personajes que se han hecho famosos. Voy a dar una visión general sin ánimo de ser exhaustiva, partiendo del cine que conozco y de otras clasificaciones que he leído.
Psicópatas movidos por deseos sexuales son también Carol Ledoux (Catherine Deneuve) en Repulsión (Roman Polanski, 1965) y Catherine Tramell (Sharon Stone) en Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992).
Otros psychokillers amenazan la estabilidad de la institución familiar: Alex Forrest (Glenn Close) en Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987), el ya mencionado Max Cady (Robert de Niro) en El cabo del miedo (Martin Scorsese, 1991) o Peyton Flanders (Rebecca de Mornay) en La mano que mece la cuna (Curtis Hanson, 1992).
Muchos psicópatas tienen como víctimas favoritas a los adolescentes. La película que inició esta moda fue La última casa a la izquierda (Wes Craven, 1972), en la que un grupo de delincuentes viola y tortura a dos chicas para, a su vez, caer en manos de los padres de una de ellas. Leatherface, de La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) y sus secuelas, es el prototipo de psychokiller poseedor de atributos fácilmente reconocibles: en su caso, la motosierra y la máscara. Junto con éste, son los asesinos que parecen tener poderes sobrenaturales y, por lo tanto, no pueden ser detenidos, los que han alcanzado verdadera fama a través de sagas de películas: Michael Myers en La noche de Halloween (John Carpenter, 1978), Jason Voorhees en Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980) y Freddy Krueger en Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1982). Como Leatherface, estos personajes tienen unas señas distintivas: la máscara en el caso de Michael y Jason; el sombrero, la cara quemada, el jersey a rayas y la mano-garra en el de Freddy.
Una variante interesante de este tipo de películas es la trilogía iniciada por Scream (Wes Craven, 1996), que revitalizó el género a mediados de los 90 a través de una reflexión llena de ironía sobre sus convenciones. Una de sus novedades frente a las que acabo de nombrar es que el psicópata, aunque siempre con el mismo aspecto y nombre (Ghostface), es una personalidad asumida por diferentes personas.
Algunas películas están directamente basadas en casos reales y describen los crímenes, su repercusión en la sociedad y la investigación criminal: El estrangulador de Boston (Richard Fleischer, 1968), Ciudadano X (Chris Gerolmo, 1995), S.O.S. Summer of Sam (Nadie está a salvo de Sam) (Spike Lee, 1999).
Lo puramente policiaco domina en filmes como En la cuerda floja (Richard Tuggle, 1984), Acero azul (Kathryn Bigelow, 1990), Copycat (Jon Amiel, 1995) o El coleccionista de huesos (Phillip Noyce, 2000). Por el contrario, Se7en (David Fincher, 1995), a pesar de ser aparentemente una “buddy movie”, va más allá por su calidad y originalidad, lo que la convirtió en una de las películas más destacadas de los 90. El protagonismo se reparte entre los policías que investigan el caso, encarnados por Morgan Freeman y Brad Pitt, y Kevin Spacey, en un papel fundamental a pesar de su brevedad. Tesis de Alejandro Amenábar (1996) trasciende igualmente la simple investigación en torno al psicópata y se convierte en una reflexión sobre la atracción morbosa por la violencia en nuestra sociedad.
También se distingue del grupo de thrillers criminalísticos A la caza (William Friedkin, 1980), pues aunque trata sobre un policía que se infiltra en el ambiente gay de Nueva York para detener al asesino que allí opera, se centra fundamentalmente en la transformación psicológica del protagonista.
Henry, de Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986), es uno de los psicópatas más escalofriantes de la historia del cine por la falta de motivación de sus actos y por la forma en la que el director los plasma, distanciándose a la manera de un documental.
Patrick Bateman, de American Psycho (Mary Harron, 2000), supone una visión feroz de la cultura de los yuppies de los 80, emocionalmente vacía y sin valores.
Hay que mencionar dos películas que apuntan hacia otros géneros: la primera es Carretera al infierno (Robert Harmon, 1986), cercana a las “road movies” pues es un misterioso autoestopista, interpretado con brillantez por Rutger Hauer, quien acosa a lo largo de un viaje al joven que le ha recogido. La película es de atmósfera opresiva y logra mantener la tensión a lo largo de todo su metraje. Su remake, dirigido por Dave Meyers y protagonizado por Sean Bean, se ha estrenado en 2007. La otra es Muñeco diabólico (Tom Holland, 1988) y sus secuelas: en este caso se trata de una película cercana al género de terror, igual que Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street; como es bien sabido, su originalidad está en que el imparable asesino es un muñeco poseído por el alma de un psicópata.
En los últimos años la estrella indiscutible de los psychokillers es el doctor Hannibal Lecter, surgido de las obras de Thomas Harris. Su aparición inicial en el cine, encarnado por Brian Cox, fue en Hunter (Michael Mann, 1986), adaptación de la primera novela en la que nos encontramos con dicho personaje, El dragón rojo. El merecido éxito de El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) dio lugar a varios filmes más: su secuela, Hannibal (Ridley Scott, 2001), el remake de la película de Mann, titulado como la novela (El dragón rojo, Brett Ratner, 2002), y la precuela Hannibal: el origen del mal. La saga ha ido perdiendo calidad: si la película de Demme es una obra maestra de suspense psicológico, Hannibal es previsible y abusa de lo truculento, y El dragón rojo no pasa de ser una película entretenida. Todavía no puedo opinar sobre la precuela. Pero lo fundamental en este caso es la personalidad del asesino, tan cruel como inteligente, culto y atractivo, lo que despierta la simpatía de los espectadores.
¿Por qué tanto cine de psicópatas? ¿Y por qué éstos a veces se convierten en héroes o en parte de la cultura popular, como Freddy Krueger o Hannibal Lecter? Quizás, como expone Amenábar en Tesis, el ser humano se ve atraído irremediablemente por lo prohibido, por el mal. Quizás una parte de nosotros disfruta con el dolor ajeno, y el cine nos proporciona la oportunidad de dar rienda suelta a nuestros instintos sin consecuencias. O quizás lo que nos gusta es sentirnos amenazados, pero sabiendo en el fondo que no tenemos nada que temer.
Ahora os toca a vosotros opinar.
http://img409.imageshack.us/img409/1633/dexter2wt9dq4.jpg
Para quien no la conozca, trata sobre un forense de la policía de Miami que es también un eficaz asesino en serie. Ya en su niñez su padre adoptivo, policía, se dio cuenta de sus tendencias y consiguió reorientarlas hacia la eliminación de aquellas personas que han cometido delitos y se han librado de ser castigadas por la Ley. Digamos que Dexter corrige los fallos del sistema.
Es una serie con mucho humor negro, escalofriante a veces. La elección de Michael C. Hall (el hermano gay de A dos metros bajo tierra) resulta un acierto, igual que la voz en off que en todo momento nos informa de lo que está pensando Dexter, por muy normal que sea su apariencia.
El éxito de esta serie me ha hecho pensar en la enorme popularidad de la figura del asesino psicópata en el cine y la televisión. Habría que atribuirla en parte a las posibilidades que ofrece para la intriga y la acción, pero también en parte a la morbosidad de los espectadores.
Aunque no como en el caso Dexter, en el que el psicópata es también el héroe/protagonista, aparecen psychokillers en series policíacas como Bones, CSI o Médium. En ellas, su persecución se convierte en el motor de la trama de un episodio o incluso de una temporada.
Pero su presencia es mucho más significativa en el cine.
En la primera mitad del siglo XX la figura del psicópata estuvo apenas presente en las películas. Eran los monstruos como Drácula, Frankenstein o el hombre lobo los encargados de aterrorizar al público. Una (gran) excepción es la película de Fritz Lang M, el vampiro de Düsseldorf (1931), considerada el origen del cine de psychokillers.
En los años cincuenta nos encontramos con otras dos destacables películas de psicópatas: la primera es La noche del cazador (1955), única obra de Charles Laughton como director e indiscutible obra maestra de insana atmósfera de cuento infantil. Robert Mitchum consigue una actuación memorable que influyó en la creación del psicópata Max Cady de El cabo del miedo. La segunda es española, El cebo, de Ladislao Vadja (1958). Mientras que en la película americana son el asesino y los niños que escapan de él quienes llevan el peso de la acción, la española se centra en la figura del policía que le da caza.
Pero es en la segunda mitad del XX cuando este personaje se impone en las pantallas, gracias fundamentalmente a Alfred Hitchcock y Psicosis, película basada en los asesinatos reales de Ed Gein (en la película que lleva su nombre, de 2000, Chuck Parello se aproximó más específicamente a sus crímenes). Además de la perfección técnica de este gran filme, que tiene escenas imborrables, destaca la personalidad de Norman Bates, un psicópata con motivación sexual, figura que también aparece, aunque con matices muy diferentes, en la última obra de Hitchcock, Frenesí (1972).
A partir de aquí se multiplican las películas y los personajes que se han hecho famosos. Voy a dar una visión general sin ánimo de ser exhaustiva, partiendo del cine que conozco y de otras clasificaciones que he leído.
Psicópatas movidos por deseos sexuales son también Carol Ledoux (Catherine Deneuve) en Repulsión (Roman Polanski, 1965) y Catherine Tramell (Sharon Stone) en Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992).
Otros psychokillers amenazan la estabilidad de la institución familiar: Alex Forrest (Glenn Close) en Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987), el ya mencionado Max Cady (Robert de Niro) en El cabo del miedo (Martin Scorsese, 1991) o Peyton Flanders (Rebecca de Mornay) en La mano que mece la cuna (Curtis Hanson, 1992).
Muchos psicópatas tienen como víctimas favoritas a los adolescentes. La película que inició esta moda fue La última casa a la izquierda (Wes Craven, 1972), en la que un grupo de delincuentes viola y tortura a dos chicas para, a su vez, caer en manos de los padres de una de ellas. Leatherface, de La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) y sus secuelas, es el prototipo de psychokiller poseedor de atributos fácilmente reconocibles: en su caso, la motosierra y la máscara. Junto con éste, son los asesinos que parecen tener poderes sobrenaturales y, por lo tanto, no pueden ser detenidos, los que han alcanzado verdadera fama a través de sagas de películas: Michael Myers en La noche de Halloween (John Carpenter, 1978), Jason Voorhees en Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980) y Freddy Krueger en Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1982). Como Leatherface, estos personajes tienen unas señas distintivas: la máscara en el caso de Michael y Jason; el sombrero, la cara quemada, el jersey a rayas y la mano-garra en el de Freddy.
Una variante interesante de este tipo de películas es la trilogía iniciada por Scream (Wes Craven, 1996), que revitalizó el género a mediados de los 90 a través de una reflexión llena de ironía sobre sus convenciones. Una de sus novedades frente a las que acabo de nombrar es que el psicópata, aunque siempre con el mismo aspecto y nombre (Ghostface), es una personalidad asumida por diferentes personas.
Algunas películas están directamente basadas en casos reales y describen los crímenes, su repercusión en la sociedad y la investigación criminal: El estrangulador de Boston (Richard Fleischer, 1968), Ciudadano X (Chris Gerolmo, 1995), S.O.S. Summer of Sam (Nadie está a salvo de Sam) (Spike Lee, 1999).
Lo puramente policiaco domina en filmes como En la cuerda floja (Richard Tuggle, 1984), Acero azul (Kathryn Bigelow, 1990), Copycat (Jon Amiel, 1995) o El coleccionista de huesos (Phillip Noyce, 2000). Por el contrario, Se7en (David Fincher, 1995), a pesar de ser aparentemente una “buddy movie”, va más allá por su calidad y originalidad, lo que la convirtió en una de las películas más destacadas de los 90. El protagonismo se reparte entre los policías que investigan el caso, encarnados por Morgan Freeman y Brad Pitt, y Kevin Spacey, en un papel fundamental a pesar de su brevedad. Tesis de Alejandro Amenábar (1996) trasciende igualmente la simple investigación en torno al psicópata y se convierte en una reflexión sobre la atracción morbosa por la violencia en nuestra sociedad.
También se distingue del grupo de thrillers criminalísticos A la caza (William Friedkin, 1980), pues aunque trata sobre un policía que se infiltra en el ambiente gay de Nueva York para detener al asesino que allí opera, se centra fundamentalmente en la transformación psicológica del protagonista.
Henry, de Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986), es uno de los psicópatas más escalofriantes de la historia del cine por la falta de motivación de sus actos y por la forma en la que el director los plasma, distanciándose a la manera de un documental.
Patrick Bateman, de American Psycho (Mary Harron, 2000), supone una visión feroz de la cultura de los yuppies de los 80, emocionalmente vacía y sin valores.
Hay que mencionar dos películas que apuntan hacia otros géneros: la primera es Carretera al infierno (Robert Harmon, 1986), cercana a las “road movies” pues es un misterioso autoestopista, interpretado con brillantez por Rutger Hauer, quien acosa a lo largo de un viaje al joven que le ha recogido. La película es de atmósfera opresiva y logra mantener la tensión a lo largo de todo su metraje. Su remake, dirigido por Dave Meyers y protagonizado por Sean Bean, se ha estrenado en 2007. La otra es Muñeco diabólico (Tom Holland, 1988) y sus secuelas: en este caso se trata de una película cercana al género de terror, igual que Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street; como es bien sabido, su originalidad está en que el imparable asesino es un muñeco poseído por el alma de un psicópata.
En los últimos años la estrella indiscutible de los psychokillers es el doctor Hannibal Lecter, surgido de las obras de Thomas Harris. Su aparición inicial en el cine, encarnado por Brian Cox, fue en Hunter (Michael Mann, 1986), adaptación de la primera novela en la que nos encontramos con dicho personaje, El dragón rojo. El merecido éxito de El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) dio lugar a varios filmes más: su secuela, Hannibal (Ridley Scott, 2001), el remake de la película de Mann, titulado como la novela (El dragón rojo, Brett Ratner, 2002), y la precuela Hannibal: el origen del mal. La saga ha ido perdiendo calidad: si la película de Demme es una obra maestra de suspense psicológico, Hannibal es previsible y abusa de lo truculento, y El dragón rojo no pasa de ser una película entretenida. Todavía no puedo opinar sobre la precuela. Pero lo fundamental en este caso es la personalidad del asesino, tan cruel como inteligente, culto y atractivo, lo que despierta la simpatía de los espectadores.
¿Por qué tanto cine de psicópatas? ¿Y por qué éstos a veces se convierten en héroes o en parte de la cultura popular, como Freddy Krueger o Hannibal Lecter? Quizás, como expone Amenábar en Tesis, el ser humano se ve atraído irremediablemente por lo prohibido, por el mal. Quizás una parte de nosotros disfruta con el dolor ajeno, y el cine nos proporciona la oportunidad de dar rienda suelta a nuestros instintos sin consecuencias. O quizás lo que nos gusta es sentirnos amenazados, pero sabiendo en el fondo que no tenemos nada que temer.
Ahora os toca a vosotros opinar.