i-chan
24-Feb-2008, 06:50 AM
http://i165.photobucket.com/albums/u60/tenderman79/SweeneyTodd.jpg
Después de mi última crítica sobre Across The Universe, hoy toca hablar de otro musical, que si bien es de estilo muy diferente a la película de Julie Taymor, comparte con ella algunas de sus virtudes y defectos.
Argumento
Basada en el exitoso musical de Broadway de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler, Sweeney Todd, el Barbero Diabólico de la Calle Fleet , se centra en Benjamin Barker (Johnny Deep), un hombre injustamente encarcelado durante quince años, que vuelve a Londres con el deseo de ajustar cuentas con el juez Turpin (Alan Rickman), el responsable de su presidio y de la pérdida de su familia. Bajo la identidad de Sweeney Todd, regresa a su vieja barbería, donde preparará su sangrienta venganza, con la ayuda de una nueva amiga, la señorita Lovett (Helena Bonham Carter), que realiza pasteles de carne.
Mi opinión sobre los musicales
Me encantan los musicales. Siempre me ha fascinado que, en medio de una película, los personajes se pongan a cantar y a bailar como si fuera lo más normal del mundo. ¿Quién no ha tenido ganas de poder hacer alguna vez lo mismo por la calle? Recuerdo que ayer mismo iba caminando por la calle, escuchando Boulevard Of Broken Dreams (http://www.youtube.com/watch?v=bxfpMGLMZ7Y) de Green Day, y por un instante estaba tan emocionado que me entraron ganas de poner a cantarla a grito pelado en medio de la calle, cosa que obviamente no hice porque en el mundo real, si haces ese tipo de cosas, te toman por un loco.
Por eso siempre me ha gustado ver los musicales y, por un momento, cuando todos los personajes se ponen a cantar y bailar, sentirme partícipe de esa absoluta sensación de libertad que supone gritar al mundo todo lo que llevas metido dentro.
Pero también he pensado que, la efectividad de un musical depende enormemente del número de canciones. Creo que, un musical, cuantas menos canciones, mejor. Un musical debería ser exactamente igual a una película normal, con la única diferencia que, de vez en cuando, a los personajes les da un arrebato, y se marcan un número musical espectacular. Los números musicales nunca deberían ser el objetivo principal de la película sino la “guinda del pastel” y siempre se deberían utilizar para enfatizar momentos decisivos de la trama y para hacer partícipes al espectador de sus sentimientos más profundos.
Así pues, yo creo que ningún musical debería tener más de una decena de números musicales, y si son menos incluso mejor. Entre 6 y 10 números musicales me parece el número ideal, dependiendo de la duración de la película. Al fin y al cabo, casi ningún musical tiene tantos números musicales memorables. Sí, todos los musicales tienen porrones de numeritos, pero al final los que el espectador recuerda, aquellos que realmente le tocan la fibra sensible, no suelen ser más de media docena, los demás casi siempre suelen ser como “de relleno”, que se meten con calzador simplemente porque parece que un musical tiene que tener un porrón de canciones. Y yo digo, ¿por qué?
En una película se deberían meter las canciones que realmente hagan falta. El realizador John Hugues, jamás firmó un musical, pero sin embargo, casi todas sus películas tienen un número musical: basta con recordar cuando Ferris Bueller canta el Twist And Shout de los Beatles en Todo en un día, o cuando en El club de los cinco los cinco chavales se ponen a bailar en la biblioteca, o el numerito musical con los cortacesped en She’s Having A Baby, y siempre me pareció genial esa idea de incluir un número musical en las películas aunque no fueran musicales, porque parecen resaltar ese carácter de artificiosidad del cine, el cual nunca se nos debe olvidar que es una representación ficticia, un artefacto que se rige por sus propias leyes intrínsecas, jamás una imitación de la realidad.
El problema es cuando los musicales tienen demasiadas canciones. Como la ópera, por ejemplo, un género que me resulta muy difícil soportar, ya que están enteramente cantadas (y encima en un estilo vocal que no me gusta nada, con todos esos gorgoritos vocales, ¿por qué no pueden cantar normal, leñe?), y eso lleva a que algunas de las canciones sean realmente estupidísimas, porque son meramente descriptivas de lo que está sucediendo en el escenario, y creo que eso le resta mucha potencia al dramatismo de la obra, porque puede ser muy emocionante cuando un personaje canta al viento su dolor, pero que se ponga a cantar sobre la manera de freír un huevo, y que se tire tres minutos cantándole al puto huevo de las narices, me parece un coñazo.
Como decía más arriba, las canciones jamás deberían ser la finalidad última de una película o una obra de teatro cantada, sino los acentos puntuales sobre los momentos más importantes de la obra. Pero cuando la obra es enteramente cantada, se está concediendo la misma importancia a los momentos sublimes y a los momentos intrascendentales, lo que provoca que los momentos cumbre de la obra pasen más desapercibidos, y los intrascendentales acaben resultando un tostón.
Como explicaba el otro día, éste era el gran problema de Across The Universe: la película consistía en una sucesión casi ininterrumpida de números musicales (nada más y nada menos que una treintena) inconexos y sin apenas diálogos por en medio. El resultado era que la película acababa resultando monótona, y la mayor parte de los números no aportaban nada, lo cual es lo peor que puede suceder en una película musical. Defecto que, en menor medida, también comparte Sweeney Todd.
Sweeney Manosnavajas
Desconozco la obra teatral en la que se basa la película de Tim Burton, así que mi crítica se basará exclusivamente en lo que la película ofrece por sí misma, y no por su mayor o menor fidelidad al texto original (argumento que más de uno seguramente aprovechará para poner a parir el film de Burton).
Desconozco si el guión de John Logan sigue al pie de la letra el libreto de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler, pero sí que parece que la obra de teatro original, más que un musical al uso parece una ópera, ya que prácticamente un 90% del film está cantado. Además, dichas canciones sustituyen a los diálogos habituales y no son acompañadas por bailes ni coreografías, lo cual nos vuelve a recordar nuevamente a la ópera. Aunque afortunadamente, sin todos esos gorgoritos vocales que me ponen bastante de los nervios.
Como ya he señalado más arriba, el inconveniente de que en una obra se cante todo, incluso los diálogos más intrascendentales, hace que la película se vuelva un tanto monótona y por ratos incluso algo pesada. Además, tantos números musicales en una película con un argumento tan simple y elemental como Sweeney Todd, ralentizan enormemente la acción y alargan innecesariamente la trama. Claro que eso no es culpa de Tim Burton ni de su equipo, sino de la obra de teatro original, pero creo que si se hubiesen atrevido a cortar algún número musical superfluo, la película ganaría enteros. En cualquier caso, lo que han logrado Burton y su equipo a partir de un material de partida tan difícil me parece digno de los mayores elogios.
Y es que el único defecto de la película es esa sobredosis de canciones que apenas aportan nada a la trama principal y que, en vez de servir para que el espectador se identifique más con los sentimientos de los personajes, parece que sólo contribuyen a que éste se aleje más de ellos. Y es que, quitando este defecto, el resto del film es sobresaliente en todos los demás aspectos: la ambientación de época y la exquisita atmósfera gótica a la que ya nos tiene acostumbrados Burton, o las excelentes interpretaciones de Johnny Depp, Helena Bonham Carter y Timothy Spall (Alan Rickman está un poquitín desaprovechado, su personaje podría haber dado más juego). La historia de amor entre Anthony y Joanna (los cuales, como no, se enamoran perdidamente tras un encuentro de lo más fugaz) es bastante más ñoña, y podría haber sido un gran contrapunto “luminoso” al carácter tétrico global del filme sino fuera por los insulsos actores que los interpretan, tan monos como inexpresivos.
El resultado es que, durante sus dos primeros tercios, la película es un lujoso espectáculo que se ve con agrado, pero no triunfa a “enganchar” al espectador, un tanto abrumado por tanta cancioncita y tan poca acción. En cambio, es en su excelente y perverso tercio final cuando la película se convierte en unos de los espectáculos más impresionantes, emocionantes y retorcidos, vistos en una pantalla de cine en mucho tiempo (su último cuarto de hora es sencillamente magistral). Sin lugar a dudas, de haber mantenido la película este ritmo durante todo su metraje, El barbero diabólico de la calle Fleet habría sido una obra maestra absoluta, el contrapunto perfecto a la gran obra maestra de Burton hasta la fecha, Eduardo Manostijeras (de la cual Sweeney Todd parece en más de un momento su reverso tenebroso). Lo mejor de la película, es que apenas se nota que es una adaptación, ya que es un producto burtoniano al 100%.
Resumiendo...
A FAVOR:
- Las estupendas interpretaciones de Johnny Depp y, sobre todo, una Helena Bonham Carter que está más brillante que nunca.
- Un Tim Burton más oscuro y gore que nunca, sobre todo en ese magistral tercio final de la película.
- La exquisita factura técnica de la película, con una puesta en escena, fotografía, vestuario y ambientación impecables, como suele ser habitual en el cine de Burton.
- La capacidad de Burton para coger un material ajeno y reinterpretarlo a través de su siempre particular punto de mira. Lejos de ser una adaptación sin personalidad, es un espectáculo burtoniano al 100%.
EN CONTRA:
- Hay un exceso de canciones que no aportan nada, que alargan excesivamente una trama demasiado simple para dos horas de película.
- El personaje de Alan Rickman está demasiado desaprovechado.
- La parejita noña Anthony-Johanna, interpretada por un par de actores tan guapos como inexpresivos.
- Durante gran parte de la película, ésta se visualiza con agrado, pero no consigue “enganchar” hasta su espléndido tercio final.
LA SUMA:
Eduardo Manostijeras + El Conde de Montecristo + Desde el infierno = Sweeney Todd.
Si no fuera por los defectos del guión, se habría convertido en la nueva gran obra maestra de Burton, pero se queda a las puertas.
Le doy un 7.
Después de mi última crítica sobre Across The Universe, hoy toca hablar de otro musical, que si bien es de estilo muy diferente a la película de Julie Taymor, comparte con ella algunas de sus virtudes y defectos.
Argumento
Basada en el exitoso musical de Broadway de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler, Sweeney Todd, el Barbero Diabólico de la Calle Fleet , se centra en Benjamin Barker (Johnny Deep), un hombre injustamente encarcelado durante quince años, que vuelve a Londres con el deseo de ajustar cuentas con el juez Turpin (Alan Rickman), el responsable de su presidio y de la pérdida de su familia. Bajo la identidad de Sweeney Todd, regresa a su vieja barbería, donde preparará su sangrienta venganza, con la ayuda de una nueva amiga, la señorita Lovett (Helena Bonham Carter), que realiza pasteles de carne.
Mi opinión sobre los musicales
Me encantan los musicales. Siempre me ha fascinado que, en medio de una película, los personajes se pongan a cantar y a bailar como si fuera lo más normal del mundo. ¿Quién no ha tenido ganas de poder hacer alguna vez lo mismo por la calle? Recuerdo que ayer mismo iba caminando por la calle, escuchando Boulevard Of Broken Dreams (http://www.youtube.com/watch?v=bxfpMGLMZ7Y) de Green Day, y por un instante estaba tan emocionado que me entraron ganas de poner a cantarla a grito pelado en medio de la calle, cosa que obviamente no hice porque en el mundo real, si haces ese tipo de cosas, te toman por un loco.
Por eso siempre me ha gustado ver los musicales y, por un momento, cuando todos los personajes se ponen a cantar y bailar, sentirme partícipe de esa absoluta sensación de libertad que supone gritar al mundo todo lo que llevas metido dentro.
Pero también he pensado que, la efectividad de un musical depende enormemente del número de canciones. Creo que, un musical, cuantas menos canciones, mejor. Un musical debería ser exactamente igual a una película normal, con la única diferencia que, de vez en cuando, a los personajes les da un arrebato, y se marcan un número musical espectacular. Los números musicales nunca deberían ser el objetivo principal de la película sino la “guinda del pastel” y siempre se deberían utilizar para enfatizar momentos decisivos de la trama y para hacer partícipes al espectador de sus sentimientos más profundos.
Así pues, yo creo que ningún musical debería tener más de una decena de números musicales, y si son menos incluso mejor. Entre 6 y 10 números musicales me parece el número ideal, dependiendo de la duración de la película. Al fin y al cabo, casi ningún musical tiene tantos números musicales memorables. Sí, todos los musicales tienen porrones de numeritos, pero al final los que el espectador recuerda, aquellos que realmente le tocan la fibra sensible, no suelen ser más de media docena, los demás casi siempre suelen ser como “de relleno”, que se meten con calzador simplemente porque parece que un musical tiene que tener un porrón de canciones. Y yo digo, ¿por qué?
En una película se deberían meter las canciones que realmente hagan falta. El realizador John Hugues, jamás firmó un musical, pero sin embargo, casi todas sus películas tienen un número musical: basta con recordar cuando Ferris Bueller canta el Twist And Shout de los Beatles en Todo en un día, o cuando en El club de los cinco los cinco chavales se ponen a bailar en la biblioteca, o el numerito musical con los cortacesped en She’s Having A Baby, y siempre me pareció genial esa idea de incluir un número musical en las películas aunque no fueran musicales, porque parecen resaltar ese carácter de artificiosidad del cine, el cual nunca se nos debe olvidar que es una representación ficticia, un artefacto que se rige por sus propias leyes intrínsecas, jamás una imitación de la realidad.
El problema es cuando los musicales tienen demasiadas canciones. Como la ópera, por ejemplo, un género que me resulta muy difícil soportar, ya que están enteramente cantadas (y encima en un estilo vocal que no me gusta nada, con todos esos gorgoritos vocales, ¿por qué no pueden cantar normal, leñe?), y eso lleva a que algunas de las canciones sean realmente estupidísimas, porque son meramente descriptivas de lo que está sucediendo en el escenario, y creo que eso le resta mucha potencia al dramatismo de la obra, porque puede ser muy emocionante cuando un personaje canta al viento su dolor, pero que se ponga a cantar sobre la manera de freír un huevo, y que se tire tres minutos cantándole al puto huevo de las narices, me parece un coñazo.
Como decía más arriba, las canciones jamás deberían ser la finalidad última de una película o una obra de teatro cantada, sino los acentos puntuales sobre los momentos más importantes de la obra. Pero cuando la obra es enteramente cantada, se está concediendo la misma importancia a los momentos sublimes y a los momentos intrascendentales, lo que provoca que los momentos cumbre de la obra pasen más desapercibidos, y los intrascendentales acaben resultando un tostón.
Como explicaba el otro día, éste era el gran problema de Across The Universe: la película consistía en una sucesión casi ininterrumpida de números musicales (nada más y nada menos que una treintena) inconexos y sin apenas diálogos por en medio. El resultado era que la película acababa resultando monótona, y la mayor parte de los números no aportaban nada, lo cual es lo peor que puede suceder en una película musical. Defecto que, en menor medida, también comparte Sweeney Todd.
Sweeney Manosnavajas
Desconozco la obra teatral en la que se basa la película de Tim Burton, así que mi crítica se basará exclusivamente en lo que la película ofrece por sí misma, y no por su mayor o menor fidelidad al texto original (argumento que más de uno seguramente aprovechará para poner a parir el film de Burton).
Desconozco si el guión de John Logan sigue al pie de la letra el libreto de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler, pero sí que parece que la obra de teatro original, más que un musical al uso parece una ópera, ya que prácticamente un 90% del film está cantado. Además, dichas canciones sustituyen a los diálogos habituales y no son acompañadas por bailes ni coreografías, lo cual nos vuelve a recordar nuevamente a la ópera. Aunque afortunadamente, sin todos esos gorgoritos vocales que me ponen bastante de los nervios.
Como ya he señalado más arriba, el inconveniente de que en una obra se cante todo, incluso los diálogos más intrascendentales, hace que la película se vuelva un tanto monótona y por ratos incluso algo pesada. Además, tantos números musicales en una película con un argumento tan simple y elemental como Sweeney Todd, ralentizan enormemente la acción y alargan innecesariamente la trama. Claro que eso no es culpa de Tim Burton ni de su equipo, sino de la obra de teatro original, pero creo que si se hubiesen atrevido a cortar algún número musical superfluo, la película ganaría enteros. En cualquier caso, lo que han logrado Burton y su equipo a partir de un material de partida tan difícil me parece digno de los mayores elogios.
Y es que el único defecto de la película es esa sobredosis de canciones que apenas aportan nada a la trama principal y que, en vez de servir para que el espectador se identifique más con los sentimientos de los personajes, parece que sólo contribuyen a que éste se aleje más de ellos. Y es que, quitando este defecto, el resto del film es sobresaliente en todos los demás aspectos: la ambientación de época y la exquisita atmósfera gótica a la que ya nos tiene acostumbrados Burton, o las excelentes interpretaciones de Johnny Depp, Helena Bonham Carter y Timothy Spall (Alan Rickman está un poquitín desaprovechado, su personaje podría haber dado más juego). La historia de amor entre Anthony y Joanna (los cuales, como no, se enamoran perdidamente tras un encuentro de lo más fugaz) es bastante más ñoña, y podría haber sido un gran contrapunto “luminoso” al carácter tétrico global del filme sino fuera por los insulsos actores que los interpretan, tan monos como inexpresivos.
El resultado es que, durante sus dos primeros tercios, la película es un lujoso espectáculo que se ve con agrado, pero no triunfa a “enganchar” al espectador, un tanto abrumado por tanta cancioncita y tan poca acción. En cambio, es en su excelente y perverso tercio final cuando la película se convierte en unos de los espectáculos más impresionantes, emocionantes y retorcidos, vistos en una pantalla de cine en mucho tiempo (su último cuarto de hora es sencillamente magistral). Sin lugar a dudas, de haber mantenido la película este ritmo durante todo su metraje, El barbero diabólico de la calle Fleet habría sido una obra maestra absoluta, el contrapunto perfecto a la gran obra maestra de Burton hasta la fecha, Eduardo Manostijeras (de la cual Sweeney Todd parece en más de un momento su reverso tenebroso). Lo mejor de la película, es que apenas se nota que es una adaptación, ya que es un producto burtoniano al 100%.
Resumiendo...
A FAVOR:
- Las estupendas interpretaciones de Johnny Depp y, sobre todo, una Helena Bonham Carter que está más brillante que nunca.
- Un Tim Burton más oscuro y gore que nunca, sobre todo en ese magistral tercio final de la película.
- La exquisita factura técnica de la película, con una puesta en escena, fotografía, vestuario y ambientación impecables, como suele ser habitual en el cine de Burton.
- La capacidad de Burton para coger un material ajeno y reinterpretarlo a través de su siempre particular punto de mira. Lejos de ser una adaptación sin personalidad, es un espectáculo burtoniano al 100%.
EN CONTRA:
- Hay un exceso de canciones que no aportan nada, que alargan excesivamente una trama demasiado simple para dos horas de película.
- El personaje de Alan Rickman está demasiado desaprovechado.
- La parejita noña Anthony-Johanna, interpretada por un par de actores tan guapos como inexpresivos.
- Durante gran parte de la película, ésta se visualiza con agrado, pero no consigue “enganchar” hasta su espléndido tercio final.
LA SUMA:
Eduardo Manostijeras + El Conde de Montecristo + Desde el infierno = Sweeney Todd.
Si no fuera por los defectos del guión, se habría convertido en la nueva gran obra maestra de Burton, pero se queda a las puertas.
Le doy un 7.